Cuando la Guerra Fría se peleó sobre hielo

La historia del ‘Milagro sobre hielo’, cuando el frío no pudo evitar la derrota soviética en los Juegos Olímpicos de Lake Placid. Texto de Daniel Trujillo*

Foto: Henry Zbyszynski.


Es el 1 de enero de 1980 y la Guerra Fría se encuentra en uno de sus momentos más delicados. En Irán, 52 estadounidenses son rehenes de un grupo de estudiantes iraníes desde noviembre de 1979, mientras que en Afganistán, el ejército soviético avanza en su invasión del país desde diciembre. Parecía el momento menos indicado para una celebración deportiva mundial. Aun así, apenas seis semanas más tarde, el 14 de febrero, los Juegos Olímpicos de Invierno serán inaugurados en Lake Placid, Nueva York. Además, los Juegos Olímpicos de Verano tendrán lugar ese año, de todas las ciudades, en Moscú. Es difícil imaginar unos Juegos Olímpicos con una carga política mayor que los de 1980.

Fue en esta ocasión cuando se produjo lo que ha venido a llamarse el ‘Milagro sobre hielo’, aquel partido de hockey en el que el equipo de Estados Unidos venció 4-3 al equipo de la Unión Soviética que era por aquel entonces el mejor del mundo, poniendo al equipo estadounidense en la posición de ganar la medalla de oro de esa olimpiada, lo que hicieron un par de días más tarde.

El 22 de febrero de 1980 cualquier resultado aparte de una aplastante victoria soviética era simplemente impensable, pues este era el equipo que se había llevado la medalla de oro en las cuatro olimpiadas más recientes. Incluso, de seis olimpiadas que había jugado, desde 1956, ganó la medalla de oro en cinco, excepto en 1960 cuando se llevó el bronce a casa. Pero la parte que es menos conocida es que ese mismo equipo volvió a ganar la medalla de oro en las olimpiadas de 1984 y 1988, lo que hace que uno se pregunte qué fue lo que realmente sucedió en 1980. ¿Cuál fue realmente el milagro?

Los equipos

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Herb Brooks en 1983

El equipo estadounidense tenía solamente jugadores aficionados quienes eran estudiantes universitarios. De hecho, ni siquiera habían entrenado juntos durante mucho tiempo. El entrenador del equipo, Herb Brooks, los había seleccionado personalmente de dos universidades con equipos rivales: Minnesota y Boston. Ninguno de los dos equipos tenía al otro en mucha estima, así que cuando Brooks construyó su equipo olímpico se enfrentó al problema de jugadores que buscaban imponer la supremacía de su propia escuadra frente a sus compañeros. Era un grupo desordenado, indisciplinado y sin cohesión. Brooks pensó que la solución era darles un enemigo común: él mismo. Con los olímpicos a tan cerca, Brooks todavía tenía pruebas con potenciales jugadores nuevos. Eso, creyó Brooks, haría que cada uno de sus jugadores se comprometiera a fondo con el equipo por el miedo de perder su lugar en el equipo. Hay que decir que Herb Brooks conocía ese miedo bastante bien, puesto que en 1960 él mismo había sido expulsado del equipo de hockey un día antes de que el equipo viajara a los olímpicos, aun cuando apareció en la foto oficial del equipo.

Brooks también motivaba a su equipo diciéndoles cosas como: “Ustedes no tienen suficiente talento para ganar solo con eso”,“Juegas peor cada día y hoy estás jugando como si fuera el mes entrante”. Pero Brooks tenía razón. Tras amenazar incluso al capitán del equipo, Mike Eruzione, con expulsarlo si no rendía mejor que los jugadores que apenas estaban haciendo pruebas, los miembros del equipo olímpico encontraron su motivación para querer jugar juntos. Finalmente, Eruzione se quedó en el equipo y Brooks logró su objetivo.

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Mike Eruzione en el 2010. Foto: Christine Grabig

Por su parte, el equipo de la Unión Soviética estaba compuesto de jugadores profesionales patrocinados por el gobierno, aunque de acuerdo con las reglas del momento eran presentados como aficionados. La mayoría de ellos eran empleados del Ejército Rojo que entrenaban 11 meses al año y vivían en cuarteles militares durante todo ese tiempo. El entrenador del equipo, Viktor Tikhonov, era considerado por muchos de sus jugadores como un tirano que solo los veía como soldados y no como jugadores de hockey. Sus métodos de entrenamiento incluían la amenaza constante de expulsar del equipo a cualquiera quien, a juicio de Tikhonov, pudiera desertar de la Unión Soviética. Porque la Guerra Fría tenía justamente ese aspecto tenebroso: estaba llena de la diplomacia de micrófono, de las amenazas, de los ataques indirectos y de las demostraciones de poder blando. Para la Unión Soviética, el hockey era precisamente eso: una forma de demostrar de lo que eran capaces sus soldados y su gente. Por eso, el partido en Lake Placid no se podía perder.

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Algunos jugadores del equipo soviético en 1980.

En preparación para la cita olímpica, el 9 de febrero de 1980 nuestros dos equipos se enfrentaron en el Madison Square Garden en Nueva York para un partido de exhibición y de recaudación de fondos. El resultado fue exactamente lo que la lógica dictaba: una victoria soviética de 10-3 sobre los estadounidenses. Los soviéticos ejecutaron sus jugadas con la exactitud que les caracterizaba. Los estadounidenses simplemente observaron el juego y aceptaron su derrota casi sin poder replicar. Admirados con las jugadas de sus oponentes, los estadounidenses patinaban lento, perdían el disco, se tropezaban con ellos mismos… fue una noche para el olvido.

Pero no eran malos. De hecho, habían ganado 30 de 41 partidos jugados en 1979 como entrenamiento para los olímpicos. Ese mismo año también habían derrotado a 6 de 8 oponentes en un tour de exhibición en Europa. No eran un equipo malo, sino que los soviéticos era muy intimidantes.

Sin marcha atrás

Así, llegó la fecha de los olímpicos. Nuestros equipos están en divisiones diferentes, lo que significa que no se enfrentarán a menos que ambos lleguen a la ronda de medallas. Cada uno avanzó en su división con resultados similares, aunque marcadamente mejores para los soviéticos: Estados Unidos ganó cuatro de cinco partidos y empató el quinto, llegando en segundo lugar con 9 puntos a la ronda final; la Unión Soviética ganó los cinco partidos y llegó a la ronda final en primer lugar con 10 puntos.

La fecha y hora de los partidos de las semifinales habían sido fijadas con meses de antelación. El partido sucedería a las 5:00 p.m. hora del Este en Estados Unidos, es decir a la 1:00 a.m. en Moscú. Hubo una solicitud para posponer el partido hasta las 8:00 p.m., pero fue negada por dos razones: la primera era que el partido hubiese sido transmitido a las 4:00 a.m. en Moscú, y la segunda era que a las 8:42 p.m. había otro partido entre Suecia y Finlandia, la otra semifinal. Por estas razones, el icónico e inesperado partido entre Estados Unidos y la Unión Soviética no fue transmitido en directo, sino que fue grabado y transmitido en diferido en ambos países.

El día del partido, las emociones eran incontenibles. Hay filas eternas de espectadores un viernes a las 5:00 p.m. para ver el partido de hockey que nadie se esperaba. Hay reventa de boletas a tres veces su precio, y el Olympic Center está a tope: 8500 personas vieron el partido en vivo. El narrador del partido, Al Michaels, manifestó acertadamente que muchos de los espectadores presentes no sabían nada sobre hockey, solo estaban ahí porque querían ver y de algún modo participar de una posible derrota soviética. Pero el comentarista, un ex guardameta canadiense llamado Ken Dryden, fue más pesimista al decir que el equipo estadounidense habría aprendido mucho acerca de sí mismo al final del partido, anticipando así la victoria soviética que todos esperaban.

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Pista de hielo de los Olímpicos de Invierno de 1980, Lake Placid. Foto: Dan Lundberg.

El primer período empezó de acuerdo con el guión histórico: el primer gol de los soviéticos llegó tras nueve minutos de juego de la mano de Vladimir Krutov. Fue como caerse de una bicicleta la primera vez que se intenta montar: era de esperarse. Mas el partido sería empatado por Buzz Schneider casi cinco minutos después con un gol que podría compararse con un disparo de media cancha en fútbol. Fue un buen golpe a la moral del equipo soviético, que hasta entonces trataba el partido como uno de trámite, como un triunfo más en su camino hacia su quinto oro olímpico consecutivo. Pero como un empate no es una victoria, tres minutos y medio después Sergei Makarov anotaría en la portería estadounidense restaurando así el orden de las cosas.

Entonces, algo inesperado sucedió: Un disparo del equipo estadounidense hacia la portería soviética fue rechazado por Vladislav Tretiak, por la época el mejor guardameta del mundo. El disco rebotó abierto hacia la cancha, pasando entre los dos defensores soviéticos quienes, quedando apenas tres segundos en el período, ya no se preocuparon. El atacante central estadounidense Mark Johnson vio la oportunidad y empujó el disco… con un segundo en el reloj. El primer período terminó en empate a dos goles. Fue en ese momento que la ira de Viktor Tikhonov se manifestó de la peor forma posible al sacar a su guardameta estrella reemplazándolo con Vladimir Myshkin. Años después, el mismo Tikhonov llamaría ese cambio el peor error de su carrera.

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Vladislav Tretiak

Cuando el equipo soviético salió al hielo en el segundo período, lo hizo por sangre. Fue solamente el genio (o la habilidad, o la fortuna, o el ángel guardián) de Jim Craig, el guardameta estadounidense, lo que evitó la masacre que 12 disparos de los soviéticos, comparado con apenas 2 de los estadounidenses, hubiera causado. Ya el equipo soviético no se andaba con bromas. Aquel segundo período parecía el fantasma del partido del 9 de febrero en el Madison Square Garden. De no ser por Craig y su máscara de Jason Voorhees (el asesino de Viernes 13), que solo fueron vencidos una vez en el período, hoy hablaríamos del aniquilamiento en el hielo, no el milagro. En general, en todo el partido hubo tres disparos soviéticos por uno estadounidense. En la opinión de muchos, el héroe de la noche fue en realidad Jim Craig. Él mismo explica que se hizo guardameta porque no entendía bien las reglas del hockey, de modo que lo que le pareció más fácil fue evitar goles y no moverse tanto.

Al inicio del tercer período, ya los ánimos de los anfitriones y de sus seguidores empezaban a flaquear. El público, que puede tanto animar como acobardar a su equipo, no se involucraba, limitándose a observar casi en silencio. Era una forma ruidosa de silencio, una mezcla de decepción con destino, una manifestación de rabia ahogada en resignación.

Cuando el partido iba 3-2 y nadie creía que las cosas fueran a cambiar, Vladimir Krutov cometió una falta contra un contrincante y fue enviado al área de castigo durante dos minutos dando a los estadounidenses una ventaja numérica temporal, que estos aprovecharon atacando el área rival. Dave Silk, alero derecho, avanzaba con el disco hacia el área cuando fue derribado por Valeri Vasiliev, empujando el disco hacia la derecha. En una fracción de segundo, el disco se deslizó hasta el palo de Mark Johnson, quien de nuevo era el hombre correcto en el lugar indicado y el momento adecuado. Con un empuje del palo de Johnson el partido estaba de nuevo empatado, ahora a tres goles. Un par de minutos más tarde, mientras el comentarista Ken Dryden resaltaba el trabajo de Jim Craig, fue Mike Eruzione, el capitán del equipo estadounidense, el que había estado a punto de no ir a los olímpicos, quien recibió un pase de Mark Pavelich desde el ala izquierda, se acomodó frente al arco de Myshkin quedando escondido detrás de Vasili Pervukhin, apoyó su peso sobre su pierna izquierda y su palo en su brazo derecho para darle más fuerza al disparo. Medio segundo después el marcador era 4-3. No habría más goles en el partido.

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Foto: Henry Zbyszynski

El gol de Eruzione finalmente despertó al público. Ahora sí que había apoyo. Ahora que ganar parecía posible los espectadores se subieron al bus de la victoria y el escenario temblaba más y más a medida que pasaban los diez minutos que le quedaban al partido. El equipo soviético se asemejaba a una bestia rabiosa, disparando sin piedad contra Jim Craig. A 33 segundos de terminar, y de nuevo 13 segundos después, Craig volvió a consagrarse al detener dos disparos desesperados. Con diez segundos en el reloj, el ruido en Lake Placid era ensordecedor. El público empezó a contar los segundos: “Seven! Six! Five! Four! Three! Two! Aaaaaaahhhhhhhh!”. Al mismo tiempo, Al Michaels gritaba sin contener la emoción una oración que marcaría el evento: “Five seconds left in the game. Do you believe in miracles? YES!”. (“Quedan cinco segundos de juego. ¿Creen en milagros? ¡SI!”)

El Milagro

El Olympic Center estalló. No era posible distinguir una voz de las otras. Cada uno gritaba algo diferente, aunque queriendo decir lo mismo. El equipo soviético, de pie y estupefacto con las manos sobre los palos, no podía creer lo que acababa de suceder. Simplemente miraban a sus rivales victoriosos, en silencio. El orden regresó al hielo mientras los equipos se saludaron en filas organizadas, como lo dictaba el protocolo, y entonces regresaron la euforia, los gritos, los abrazos y las lágrimas. El equipo estadounidense también recibió una llamada de felicitación del presidente Jimmy Carter, porque claramente aquel partido era visto como algo más.

Sin embargo no todo había terminado. Aquella misma noche, a las 8:42 p.m., Finlandia y Suecia se enfrentaron en la otra semifinal empatando a tres goles. Dos días después, el equipo estadounidense venció al finlandés cuatro goles por dos, mientras la Unión Soviética se sacó la espina de la derrota del viernes masacrando a Suecia nueve goles por dos. Con estos resultados, el equipo de Estados Unidos se hizo con la medalla de oro al obtener cinco puntos.

 

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Viktor Tikhonov en el 2010. Foto: Kremlin.ru

El regreso a casa fue lo más difícil para el equipo soviético. Varios de los jugadores desecharon sus medallas de plata arrojándolas a la basura. La celebración victoriosa en casa se transformó en un recibimiento frío y lleno de resentimiento. Incluso Viktor Tikhonov sintió la fuerza de la derrota cuando en la bienvenida oficial del equipo en el Kremlin tuvo que disculparse frente a Leonid Brezhnev, Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, quien simplemente le dijo: “Viktor, yo sé que ustedes son mejores que los estadounidenses”.

Alguien más que sufrió los efectos devastadores de la derrota fue Vladislav Tretiak, el guardameta estrella. Tres años después, Tretiak quiso ir a jugar en la National Hockey League (NHL) logrando ser fichado por los Canadiens de Montreal, pero el gobierno soviético no le permitió ir. En 1984, Tretiak se retiró del juego profesional.

Entonces: ¿Cuál fue el milagro? ¿Quizás que Jim Craig haya logrado defender su arco como lo hizo? ¿O acaso que Mark Johnson hubiera estado justo donde tenía que estar cuando tenía que estarlo? ¿Tal vez que Tretiak haya sido sustituido por Myshkin? ¿Que Eruzione no haya sido expulsado del equipo? La verdad, poco importa. Ese 22 de febrero pasó algo que en su momento no tuvo explicación lógica y por eso fue llamado milagro. Pero el deporte es así: sorprendente y, a veces, caprichoso.


*Daniel Trujillo: Traductor oficial, patinador aficionado, gamer incorregible, escritor ocasional.

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